EL PINTOR
El paseante habitual recorrió los paseos de aquel parque buscando un banco a la sombra y con espacio abierto. El día era plomizo y el viento se había dado unas vacaciones.
A poco de estar disfrutando de la vista de árboles, matas y flores otro visitante se llegó hasta el banco.
—¿Le importa que me siente?
D. Álvaro no poseía la exclusiva del asiento el cual era lo suficientemente largo como para albergar dos, y hasta cuatro personas.
—En absoluto.
El desconocido portaba un gran cartapacio y una estructura de madera que desenvuelta resultó ser un caballete de pintor. El artista no comenzó inmediatamente a aplicar los pinceles sobre la cartulina colocada sobre el caballete. Miraba al frente, luego a un rincón al fondo del camino, a continuación observaba a un jardinero trabajando. Por fin se dirigió a su compañero de banco.
—Perdone si soy indiscreto; ¿qué vista le gusta más para ser pintada?
—Bueno, Vd. es el artista y yo poco le puedo aconsejar.
—En eso se equivoca. Verá, le he visto no sólo en este jardín sino también en otros. No sabrá la técnica de la pintura pero estoy seguro que se habrá quedado semisoñando ante un rincón evocador.
—¿Qué le parece esta vista de un camino hacia arriba, flanqueado de un lado por unos pequeños muros blancos orlados con un seto y del otro por una hilera de árboles?
—Ya había pensado en ello y trataba de evocar una historia romántica. No hace falta la presencia física de una pareja; quisiera que en mi cuadro el espectador sienta la impresión de una reciente ausencia.
—Me ha adivinado el pensamiento. Mirando esta cuesta creo estar viendo las figuras evanescentes de dos amantes. Pero Vd. es el perito... una duda: ¿No será uno de esos pseudo artistas que nos toman el pelo con sus extravagancias?
—¿Y si lo fuera?
—Pues que no piensa como ellos. Tengo un primo que me da unas tabarras horribles sobre la simbología de lo abstracto y la necesidad e eliminar todo elemento concreto y asequible a la percepción visual.
—¡¡Qué tostón!! Bien, voy a emprender la tarea.
El pintor era un maestro y su técnica empleada era la acuarela, arte difícil que no admite correcciones en el dibujo. A la media hora la blanca cartulina se había convertido en una versión idealizada del rincón del que habían hablado antes los dos caballeros.
—¡Qué maravilla! ¡Es Vd. mayor artista de lo que imaginé!
Aún tengo que terminar unos detalles y enmarcarlo debidamente. No se figura lo que un marco adecuado ennoblece una pintura. Aquí tiene mi tarjeta: le invito a visitar mi galería. Ahora debo volver a mi casa a comer.
—Yo también he de dejar este Edén pero acepto su invitación. Hoy no pero posiblemente mañana o pasado.
D. Álvaro volvió su domicilio con la alegría de saber que aún quedaban verdaderos pintores en el mundo.