Nicolás del Hierro

 

SONETO PARA FELICITAR EL AÑO NUEVO


    Levantemos la copa por los vivos,
por aquellos que amantes de la tierra
en el terrible infierno de la guerra
desterrados se ven, se ven cautivos.

    Amor es la palabra, amor escribo,
y al escribirlo el alma se me aterra
por si no crece amor y nos destierra
al sendero fatal de lo inactivo.

    Levantemos la copa, porque el año
que nos visita y crece quiebre el daño
de tanta sinrazón, de tanto dolo;

    que en esta desazón de mundo herido,
pleno de soledad y denso olvido,
hasta el Niño que nace, llora solo.

 

 

NACIMIENTO Y TRÁNSITO



Diciembre, nieve en su luz,
ignora que el blanco armiño
aguarda el nacer de un Niño
que ha de morir en la Cruz.
Agua clara en arcaduz,
divino prado labriego,
sólo Dios conoce el riego
que libere al ser humano:
tiende en el Hijo Su mano
al hombre, que lucha ciego.

Aulaga de hiriente mal,
en su ambición desmedida,
el hombre punza la herida
con un venablo infernal.
Clava al costado un puñal
que a modo de lanza ofrece.
Mientras, en la cruz, fallece
el Hombre en hijo de Dios:
Padre, pues, perdónalos,
su mal, de Tu amor merece.

 

 

El mar baña tus pies


     El mar baña tus pies, desde la tierra
amamantados y a los humos hechos
de la ciudad; el mar besa con algas
la epidermis alada de tu mundo.

     Andarina de sales y gaviotas 
arenas das a tu descalzo sueño;
pisas, pasas y, tras tu andar, la huella

dulce esperanza extinta conmemora.

     La frontera del agua, azul convierte
al rojo tallo de tu firme vena
cuando, enero, en Levante, a agosto imita:

     Vives la sensación del sol y el yodo,
la soñada ilusión de zonas térreas
lejanas a la brisa y a la espuma.

 

Núcleo bizantino


 

    Mueves, por un instante, la garra del león.,
la suavísima ternura del armiño;
doncel que, una mañana, deshojaste la rosa
del núcleo bizantino, con su razón histórica,
su mundo de sensibilidades y misterios,
como si un nuevo hijo de Neptuno y Cerosa
creara de la fábula el origen, la belleza.

    Tu mente, aureolada, de la mano de Strauss,
floreaba riberas del Danubio o versificaba,
en lejanos extremos, al babilónico Eufrates.

    Constantino primero, el Grande, respondía
a la metamorfosis con su triunfo. Eran días
de Imperio, de expansiones fronterizas. Bizancio,
Constantinopla, cíngulos al alba del tiempo
disponían, en asombro de cálido destino.
y el Imperio era amor, pasión, belleza tuya.

    Desde el Egeo al Ponto literarios, Homero
rescataba la fuerza de un Ulises presente
y Virgilio de églogas ceñía el mar de Mármara.
Te influenciaban Grecia y Roma. Y era Turquía
como un sueño latino con la historia mordiéndote.
Partías con las alas de una quimera ícara
hacia un sol destinado, hacia un brillo que emanaba
de la propia raíz de tu destino y la historia.
Pero, como al Paleólogo, al otro Constantino,
también a ti, jenízaros pusieron su cerco.
No mil años de imperio, sólo una juventud
quebrada fue tu reino, tu camino de ausencias.




 

INTERROGANTE

 

Homenaje a BENJAMÍN PALENCIA,
contemplando su cuadro
"MUJERES EN EL PAISAJE".

No desviéis la luz. Por la mirada

el color le penetra tan activo

que necesita el sol, el sol más vivo,

alumbrando su frente ilusionada.

 

A través de la fuerza, armonizada,

la música -en color- es su objetivo:

violines de amor, para el motivo

de cuerpos hechos nota cultivada.

 

 

Las dos figuras son, en el paisaje,

un concierto de Mozart, un anclaje

donde crece el espíritu en su forma.

 

Benjamín transparente, ¿recordaste

la llanura y su luz cuando trazaste,

sobre el lienzo, tu sueño como norma?

Del libro "Dolor de ausencia"

 

OS  PODRÍA  DECIR

 

     Os podría decir, sencillamente,

que vine de la nada, que me traje,

en mi vieja maleta, el equipaje

de infantiles recuerdos, y en mi mente

 

     apenas una luz incandescente

conque alumbrar pensaba entre el boscaje

de la humana maleza, y que mi viaje

resultó sin suceso trascendente.

 

     y que ya estoy aquí, que ya he venido,

y que estoy con un alba de ilusiones,

pero que no temáis, yo soy nobleza,

 

     yo tengo el corazón amanecido

entre rosas, e ignoro de traiciones

porque brilla una luz en mi cabeza.

De "Al borde casi"

 

FELICIDADES

 

Felicidades siempre, amigos míos.                 

No porque nazca un Niño que, hombre luego,

con el poder del Padre,

salvar al mundo pretendiera

vayamos hoy, nosotros,

a teñir las palabras

con una hipocresía irreverente.

 

Felicidad constante y para todos

aquellos que en la tierra

semillas diseminan de esperanza.

Ya veis que ni Él siquiera pudo

hacer de la armonía un Universo

como su esencia predicara.

Pues otros hombres,

digamos que eran hombres,

quebraron del camino su andadura.

 

Jesús es niño siempre. Siempre

que por la Navidad

se asoma a los balcones

es un Niño / Ilusión;

hombre que, tras la cena,

otro Jueves de Pascua,

le abatieran el sueño más humano.

 

y nadie, sólo Él,

como el hijo de Dios, salvarse puede.

 

Los demás somos hombres: hombres sólo,

indefensos y frágiles mortales                                        

que, ya en la aurora, sueñan luminarias

de sol y de concordia.

Hombres para quien pido

la paz y la esperanza, no el estruendo

de bombas terroristas ni las guerras

de aquellos poderosos (o suicidas)

que fomentan la arteria del vampiro,

mientras cruzan mensajes

de paz, porque haya un Niño/Dios

que simbólicamente viene al mundo

la noche que llamamos Nochebuena.

 

La paz, ahora y siempre, compañeros.

                 Nicolás del Hierro, 2006/07.

 

 

De su libro...

                         Toda la soledad es tuya

Luna que pudo ser de plata

 

 Tiene la noche un color de detritos y de rabia,

una diadema ungida con nimbos y corolas;

transparentes, fugaces, las estrellas, el asfalto

combinan con la niebla de las piedras mordidas:

una larga pared, un enturbiado ritmo

pone cerco a la desesperanza y al misterio,

al desdoblado espíritu del simio y su impaciencia.

                       Tiemblan tus manos ateridas

                       desde un brillo metálico de acero,

                       desde un humo, todavía enfundado.

La palabra -exigencia- zarza y espina advierte,

temor impone a la tambaleante rosa.

Agua, prisa para el dolor, nervio

apenas dominado.

Es la hora imperfecta,

la desazón ardiente donde el cimiento inicia

un peregrino andar de contratiempos.

La noche descompuesta y sucia por tus manos,

quiebra el reflejo de una luna

que pudo ser de plata.

Intuyes, pávido,

          la impotente lujuria de las horas,

          el miedo contenido: galerías,

          oscuras galerías a tus ojos se ofrecen.

Inmaduro a la vida, tallo quebrado, tiemblas.

Pobre nivel de escarcha, el alba te recubre

de alondras y de gallos, de lánguidos cipreses.

Amas desde la sinrazón; desde la duda

que la exigencia ajena puso en ti, odias:

lloras, en el desasosiego de tu nada.

 

    Lejana presencia

Tu eco

 

                                                                                                    Hablo, y tu eco sólo

                                                                                        parece es el que llena,

                                                                                        con su recuerdo, el ámbito

                                                                                        que me circunda;

                                                                                sólo

mi palabra florece

cuando mi pensamiento

se torna adolescente,

cuando el ayer, tu ayer

y el mío, se proyecta

desde un tiempo futuro

hasta las impolutas

sonrisas de la infancia:

 

Hablo, y eres tú sola

quien domina mi verso.

UN ALBA PRESENTIDA

 

Hoy me laten las sienes desde el pecho:

son los altos valores de mis extrañas nubes,

los devoradores cipreses de mi mente.

 

Ignoro si me duele la materia

de mi yo o si golpean en mi espíritu

angelicales vírgenes de ensueño.

Debía no sufrir, sentirse lleno

de un alba presentida, enamorado,

lanzarme a las alondras de mi vuelo,

escribir y soñar, saberme firme,

nimbo de sol y espuma, contrapunto

de su lejana ausencia y mi recuerdo.

Hecho contraste, Dios, siembra un plural

sentimiento de luz y de tiniebla

sobre el núcleo solemne de mi sangre:

no sé si soy la espuma o el relámpago.

Te estoy soñando, amor, te estoy amando

con el símbolo puro de las flores,

como cuando de niño me asomaba

a la luz y trenzaba mariposas

en el brillo del agua y las estrellas.

Me crezco y me deseando, me diluyo.

Gigante soy. Te pienso, te imagino

cercana a mí, y el universo-mundo

se me queda pequeño y diminuto:

 

son las castas gaviotas del amor

que prolongan su vuelo hasta mi playa.

(1984)

 

MIENTRAS LLEGA LA LUZ  

     

     La noche es como un largo, 

insoportable miedo:

toda la sangre, toda  

la desazón se agolpa

en el punto más denso         

de la oscuridad;

graba

su penuria de sombras.

 

     Ni el alma vence.

 

     Pájaros

de grandes alas grises

describen, con su vuelo,

el olvido y la fiebre.

Ni siquiera soñarte

puedo:

mis sueños son

lagunas, manchas óseas;

es más largo el camino

que mi fuerza de andar.

Inquebrantables lunas,

opacas, descomponen

mi poder creativo;

vuelvo a la nada, al mundo

de las profundidades

y naufragios, al páramo

de los sin sol:

mi noche

es una larga ausencia

del pensamiento, un mar

donde mis ensueños bogan.

 

     Casi con ansia espero

la luz,

para crearte.

 

 

 

            Al borde casi

Esperanzado

 

     Aguardaré en el campo de la espera

hasta encontrar la luz, hasta que pase

el viento de la duda, hasta que amase

la máquina del tiempo su quimera.

 

     Nunca abandonaré mi sementera;

he de esperar tranquilo, aunque me abrase,

aunque el fuego del mal de mí dejase

el tímido rescoldo de la hoguera.

     Y esperaré seguro, silencioso,

en el ir y venir de este mutismo,

hasta que haya una luz en cada frente;

 

     hasta que, todo a punto, presuroso,

escape del vacío de mí mismo

para vivir mi sueño eternamente.

 

    El latir del tiempo

 

El latir del tiempo

 

    He vuelto a aquel lugar donde los sueños

se crecían al filo de la tarde

cuando yo era muchacho; donde el tiempo

nos ponía la luz en la mirada

para seguir sintiéndonos viajeros

en la ilusión más pura de la infancia.

He vuelto a aquel lugar, y mi recuerdo

conservaba el latido inamovible

de aquel suave camino, de aquel juego

que era sentirnos hombres y asomarnos

al humo y la brisa para hacernos

crecer en la distancia de la rosa.

 

    He vuelto a aquel lugar. Pero el recuerdo

es sólo una conquista en la memoria

donde quiebran los ángeles su miedo.

 

    Se han roto las diademas y se han ido,

con el paso del tiempo y por el tiempo,

las rosas a otros mundos y las piedras

se han unido al crecer de los silencios,

convirtiéndose en nada. La memoria

se ha roto con el choque y se ha deshecho,

porque el latir del tiempo es una garra

que no perdona ausencias. Imperfecto,

el humo del ayer se nos deshace,

desmelena el brotar de los misterios

y se quiebra en la tarde como un lirio.

Cambia el perfil del aire. Triunfa el juego

del hoy sobre el pasado y se convierten

en brisas que acarician los recuerdos...

 

    He vuelto a aquel lugar, he vuelto al punto

donde suman los ángeles su sueño,

y, a mi paso, se le ha roto una estrella

al íntimo rincón de mi cerebro.

 

 

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