Una vez, un jardín       

 

Las filosofías chinas –aun las primitivas- apoyaron la existencia del alma en el hombre, en las cordilleras, ríos, mares, firmamentos, animales y plantas, instando anímicamente a sorber la paz en la quietud del campo, augurando larga vida a los que además, sembraran árboles.

            En el siglo IX a.C., imperó Si-Ma-Guang, importante mandarín y dignatario, quien ordenó construir un magnífico jardín en el terreno que circundaba a su residencia.

Así, los expertos contratados reprodujeron colinas, canales de agua que descendían a los valles propagados con glicinas, frutales florecidos, magnolias.

Usaron bambúes, cuyas matas cubrieron laderas, confundiéndose con pétalos silvestres.

En los arroyos fecundaron variedad en peces de colores, adornando las orillas con pinos de troncos tortuosos, crisantemos, coníferas y arbustos.

Al centro, un gran kiosco servía de biblioteca, en la cual los novicios estudiantes consultaban la ciencia para lograr el Escalón de los Célebres.

Exhibieron heterogéneos pabellones cultivados con hierbas medicinales, aromáticas; grutas con madreselvas entrelazadas, hiedras decorando láminas calcáreas.

Menciónanse peñascos de cuidadosas, cristalinas cascadas. Las tradiciones cuentan que el bello parque era verdaderamente reverenciado por comerciantes, mercaderes y viajeros de legendarios extremos.

            Si-Ma-Guang lo amaba de un modo natural, entrañable, como a una parte de sí mismo, al igual que un hermano o un amigo.

            Conocía su horizonte, sus recovecos,  hasta haber penetrado en el carácter armónico, estable de la atmósfera verdosa, límpida, con proximidad humana en los helechos vírgenes y los estambres mansos, en el silencio imponente de los jazmines, en la visión paradisíaca que ofrecía a cualquier criatura de la época.

            A él acudía en los anocheceres en busca de alivio, a redoblar bríos en expectantes empresas, a despejar perspectivas de alboroto, a corregir el hambre y regresar al sueño.

            No depende del mundo, del ego, no depende de nadie, pero resultan inevitables las manías de relojes-calendarios con sus trastornados mecanismos y pedales, arribando a momentos, a recursos.

            ¿Cambian los lugares como las personas? ¿Se transforman sensiblemente como nosotros en el tiempo?

            En ocasiones se termina odiando, maldiciendo aquello que se ha querido tanto; la observadora práctica vivencial con su medusa manifiesta de crueldad, lo ha establecido siempre.

            Ocurrió en la marcha nocturna de un impreciso día, que un viento áspero, caliente, hamacó blandamente, gustoso, el follaje con un fino, vidrioso y reseco polvillo picante.

            La vegetación tomó un color ácido, dilatado; las hojas se arrastraron buscando lote donde ocultarse; perecieron las corolas empantanadas en los saltos decompuestos de las fuentes. Descarrilaron líquidos de perfumes agrios.

            El vergel apareció en las primeras horas como un ámbito de terror, en penumbra humosa, exterminado; como el altiplano neblinoso, desolado de un planeta.

            Junto a la ventana en la apertura de las luces, el mandarín sintió que se le cerraba la garganta con una amarga e irreconocible fobia en contra del espectro, en contra suya, de la gente, del universo entero y cayó dislocado por el golpe del espanto.

            ¡Santo Cielo! ¿Por qué permites que tus hijos se abandonen en los desmoronamientos de posiciones y patrimonios conquistados en una atroz lucha de años e incontables insomnios?

            Escasos meses después que esa fuerza y maligna revoltura destruyera el espíritu del prado, cesó el dignatario consumido, anonadado en la memoria de su fronda, abominando la idea que una vez concibiera la franja enarbolada.

Carmen Hebe Tanco

 

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